CrÃtica: 007. Licencia para matar (1989)

Licencia para matar fue dirigida por John Glen en 1989, con Timothy Dalton como James Bond. Probablemente, si el lector no es demasiado amigo de la saga de 007 o, simplemente, responde a los a veces injustos designios de la corriente popular, pensará en Timothy Dalton como el peor Bond de la historia. Grave error, diría Jack Slater. Los dos films protagonizados por Dalton -demasiado serio, algo apagado, absolutamente profesional- fueron, no obstante, dos títulos como mínimo eficaces, y que en ningún momento desmerecen. Particularmente, un servidor tiene devoción por el segundo de ellos, Licencia para matar, probablemente el único fracaso comercial de la saga, y a la vez uno de los títulos más diferenciables de toda ella.
La razón es la voluntad de Albert R. Broccoli de actualizar la misma, acusada ya de cierto cansancio tras la excesiva prolongación de Roger Moore como protagonista. Los modos menos humorísticos de Dalton daban pie a dibujar a un 007 más debedor del legado literario de Fleming. Y sobre todo, el acercamiento a éxitos de acción como Jungla de cristal y Arma Letal, que en esos mismos años rediseñaron el panorama del espectáculo pirotécnico, y que habían llegado para quedarse. De ese modo, Licencia para matar se apunta, aún antes que Quantum of Solace, a la trama de venganza personal del agente secreto por la tragedia ocasionada por el villano en la boda de su mejor amigo Felix Leiter. Y lo hace con el que, probablemente, es el film más violento de la serie.
