Crítica: El Padrino

“Un hombre que no pasa el tiempo suficiente con su familia no merece ser llamado hombre”, ¿os suena? Seguro que sí, y si no, la imagen me delata. Sin quererlo he vuelto a caer en las garras, en el placer que supone dedicar unas líneas a intentar explicar por qué a veces lo divino se mezcla con lo humano, con lo terrenal, deleitándonos con una pieza que bien podría denominarse ‘obra de arte’. Sin embargo, es más profano que todo eso. Él no se llama Jesús, sino Francis Ford Coppola y sus esbirros no son apóstoles sino Marlon Brando, Al Pacino, Robert De Niro, Diane Keaton, James Caan o Robert Duvall. Sí, me refiero a El Padrino (The Godfather, 1972).
Me gustaría anunciaros algo nuevo, como que se está preparando El Padrino IV o algo así, pero mentiría. No, ni mucho menos, y visto lo visto casi mejor haber cerrado el ciclo con la segunda. Cuando he tenido la ocasión de sacar el tema, antes de que esos llamados ‘mis amigos’ comiencen a llamarme ‘loco’ o ‘enfermo’, siempre he llegado a la conclusión de que El Padrino III no gustó. No sé si el problema está en su guión, la forma o el modo en que se desarrollan las imágenes pero no gustó. Sin embargo, la segunda y la primera sí, y mucho.
