Crítica: WALL-E

Dirección: Andrew Stanton.
País: USA.
Año: 2008.
Duración: 98 min.
Género: Ciencia-ficción.
Guión: Andrew Stanton y Jim Reardon; basado en un argumento de Andrew Stanton y Pete Docter.
Música: Thomas Newman.
Montaje: Stephen Schaffer.
WALL-E, personaje, es un robot basurero capaz de encontrar lo insólito allí donde la humanidad ha tirado la toalla hace tiempo, también de hallar la vida (en la forma de una planta) y su radicalidad (en la forma del amor), en un lugar tan improbable para las coordenadas vitales como un vertedero. La definición del conjunto es asombrosa, un robot, clabeado de corazón mecánico, resulta ser el único capacitado para salvaguardar el enigma de esta planta. Su viaje será circular, llevar a la humanidad hasta si misma, a través de las posibilidades de ese amor.
En su primera media hora (parece ya un lugar común desmembrar esta historia en 2 partes), WALL-E, película, cimenta sus bases: cifrar la perenne capacidad de asombro en el mínimo enunciado de una mirada, que aunque resulte paradójico, es una mirada no contaminada, de una ingenuidad capaz de desarmar, en este caso, al más sofisticado de los robots, símbolo de una evolución a contracorriente.
