CrÃtica: Vestida para matar

Aún recuerdo el comienzo de la película, tres intensos minutos de suspense mientras de fondo se escuchaba la banda sonora de Pino Donaggio. La cámara, lentamente, se va introduciendo en el cuarto de baño hasta toparse con una de las escenas más eróticas del cine, la de la actriz, ya entrada en años, Angie Dickinson disfrutando de una insólita masturbación en la ducha. ¿La cinta? Vestida para matar (Dressed to kill, 1980), ¿el director? Brian de Palma.
Admirador confeso del grandilocuente rey del suspense, Alfred Hitchcock, demuestra en esta película cómo se hace un thriller. La cinta mezcla temas como la masturbación, la infidelidad, la transexualidad o la insatisfacción sexual; es precisamente este último hecho el que lleva a Kate Miller (Angie Dickinson) a ver a un psiquiatra, Robert Elliott (Michael Caine), quién, a su vez, se muestra preocupado por el estado mental de otro de sus pacientes, un transexual llamado Bobby que le presiona para que autorice su operación de cambio de sexo. El perturbado, vestido de mujer, perseguirá tanto a Miller como a una prostituta, Liz Blake (Nancy Allen) y al hijo de la primera, Peter Miller (Keith Gordon).
