Crítica: Mamma Mía!

Poster de Mamma Mía

Título original: Mamma Mía!
Directora: Phyllida Lloyd
Género: comedia, musical
Duración: 110 minutos
Nacionalidad: Reino Unido, EEUU
Intérpretes: Meryl Streep, Pierce Brosnan, Amanda Seyfried, Colin Firth, Stellan Skarsgard, Julie Walters
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¡Mamma Mía!

Mamma Mía! es la adaptación del musical teatral del mismo nombre, (basado en canciones de ABBA), y es precisamente ese germen el que afecta al relato de sus peores defectos, pero a la vez también de sus virtudes. El film posee un argumento ligero que en ocasiones funciona gracias a la música, y en otras se ve interrumpido por ella. Pero uno, que personalmente no disfruta particularmente con el género, sí lo ha hecho con la fiesta protagonizada por unos geniales Meryl Streep y Pierce Brosnan, a pesar de las evidentes limitaciones del invento.

Por un lado, tenemos la premeditadamente caduca y simple excusa argumental de la historia, la llamada previa a su boda de la joven Sophie a los tres hombres que pueden haberla concebido, y que de distinta manera ejercerán el papel de padre que nunca tuvo. La misma, no obstante, resulta digna gracias al trabajo actoral, e incluso acaba resolviéndose de forma positiva, a pesar de los pesares: la línea argumental principal de la película se queda en mera propuesta formal y huye de cualquier posibilidad de desarrollo, pero Phyllida Lloyd acierta adornándolo todo con imágenes y momentos musicales de gran energía.

Y he aquí que entra en escena su –inaudito, refrescante- reparto: para empezar Meryl Streep, sorprendente, pasa de nacida para sufrir a estar decidida a disfrutar, contagiando al espectador. Su colorida interpretación, teatral al máximo, entusiasta como pocas, deja pálido a unas butacas acostumbradas a verla llorar. En Mamma Mía! Streep también llora, pero igualmente ríe, baila y canta como pocas. Y qué decir de Pierce Brosnan, que pese a no gozar de una gran voz consigue con facilidad plasmar su falta de vergüenza, personalidad y discreta intensidad en la pantalla, en una intervención que junto a la de altamente recomendable Matador debería callar algunas bocas acerca de su calidad interpretativa, para siempre fuera de dudas.

Pero sobre todo encontramos a una Amanda Seyfried, vista en Chicas malas, que da la talla y se adueña de la pantalla en cada canción y momento dramático. Con facilidad consigue calar su jovialidad, intensidad al personaje de Sophie, verdadero detonante del relato y artífice del tono de la historia. Stellan Skarsgaard y Colin Firth, excelentes actores, tan sólo pasaban por allí, pero sí que es cierto que aportan un equilibrio y un peso al film que unas pasadísimas Christine Baranski, y sobre todo Julie Walters, no consiguen dar.

Lo que queda es, pues, pura diversión, una fiesta hippie sin pretensiones decidida a apelar a la nostalgia de todo hijo de vecino, un karaoke dinámico y luminoso que desde luego nos regala una alegre montaña rusa de hora y media bajo el falso pretexto de una comedia sentimental. Phyllida Lloyd consigue maquillar bastante bien las deficiencias del invento gracias a una luminosa fotografía y a un muy enérgico montaje, exprimiendo las posibilidades de un relato desaprovechado a nivel de guión.

La comedia, como cabría esperar, está tan cargada de momentos (premeditadamente) ridículos como de imágenes memorables (no me da vergüenza decirlo), y se ve reforzada por el mejor escenario que podía tener: esa bellísima isla griega, aprovechada suficientemente por su realizadora, que es el mejor pasaporte hacia esas vacaciones que parecen resistirse.