Especial Indiana Jones: El templo maldito

poster Indiana Jones y el Templo maldito

En 1984 Spielberg se enfrentó a la dirección de la segunda entrega de la saga Indiana Jones (aquí el primer especial de notas de cine) por petición popular y lógicas razones comerciales. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’, pues ahora el film llevaba el nombre del aventurero por delante de la aventura en cuestión, debido a la popularidad del personaje, arrasaría las taquillas en el verano de ese año. No obstante, las circunstancias eran algo diferentes que tres años antes. Para empezar, el genio de Ohio pasaba por una etapa tempestuosa con la que entonces era su esposa, Amy Irving -y que culminaría en divorcio, tras varios dimes y diretes-.

También había ocurrido la catástrofe de ‘En los límites de la Realidad, que llevó a la muerte a Vic Morrow y a dos niños cuando les cayó encima un helicóptero, acabando también con la carrera del hasta ese momento poco menos que genial John Landis. Y -seguro que por encima de todo-, la Academia había hecho el mayor desplante de su historia al director, concediéndole todos los Oscars a Gandhi y no a ‘E.T’., la película más aclamada de todos los tiempos en ese momento. De esta tesitura se deriva que la nueva aventura del Doctor Jones sea, como sabemos, levemente distinta del resto.

En esta ocasión comenzamos la aventura en la India, donde Indy trata de recuperar un diamante con la ayuda de su nuevo amigo, Tapón (Ke Hui Khan, luego repescado para ‘Los Goonies’, concesión para el público potencial, pero muy bien dirigido por Spielberg). Tras un frenético número musical protagonizado por Willy, que culmina en tiroteo (y que nos dice desde el principio que esta entrega va a ser mucho más rápida y furiosa que la anterior), Indiana acaba en un palacio de la India junto a Tapón y la cabaretera, donde descubre un templo que ha secuestrado las piedras sagradas y los niños de un poblado cercano. La secta otorga sacrificios humanos a la diosa hindú, pero se percatan de la amenaza de Indy, su amigo Tapón y Willy. Comienza la persecución…

Y es que, como señala John Baxter en su biografía no atorizada sobre Spielberg, El templo maldito es tan frenética, perversa y febril que llega incluso a extenuar al público. El director, presa probablemente de cierto nihilismo debido a su estado personal, y también entregándose a las necesidades comerciales de un público que él mismo había ayudado a crear, se entrega a un espectáculo sin pausa ni freno, como una de las vagonetas que protagonizan la hilarante huida final del film.

El film es perverso en algunos de sus episodios: incide de pasada en torturas infantiles (la pelea entre Tapón y el maharajá infantil), se recrea sádicamente en los sacrificios de la secta (el mítico momento del corazón) y en los aspectos más violentos del argumento, es más intensa y oscura, y abiertamente misógino (todo lo relacionado con el personaje de Willy, interpretado por la bella Kate Capshaw, futura esposa del director y con quien tuvo un temporal affair durante el rodaje, hasta que volvió con Irving otro breve periodo previo a la ruptura). Todo ello con una pátina paródica que nos dice que tampoco nos lo tomemos en serio, aunque el cambio respecto a la anterior es palpable.

Esto hace que el film sea menos apreciado por algunos fans, pero también lo hace especialmente querido por otros. Spielberg y Lucas bromean con los límites de la calificación por edades (ver la cena en el palacio del Maharahá, con la famosa Serpiente con sorpresa), y elaboran una montaña rusa memorable, frenética y sin pausa. Si Lawrence Kasdan creó cuidadosamente un ritmo para la ‘En busca del Arca Perdida’ insertando pausas románticas, gags visuales o conversaciones entre los números de acción, aquí estos ocupan la totalidad del metraje, sobre todo desde la sádica sección central de la cinta, donde asistimos al inaudito y fascinante sacrificio humano.

mola ram y kate capshaw

El director engarza las convenciones del género con desparpajo y sin mayores complicaciones, recurriendo eso sí a su talento para crear escenas que impacten al espectador, a la memorable partitura de John Williams y sobre todo a una persecución final, que no ocupa el tercer acto sino toda la segunda mitad de la película. Así, de la huída del club Obi Wan -nótese el autohomenaje-, pasamos a la escena de rafting, de ahí al poblado, a la cena con sesos de mono, el descubrimiento de la secta, la posesión de Indy, y la huída en vagoneta hasta el climax en el puente. Una detrás de otra, las set pieces se suceden sin descanso, y seguro que me he dejado varias.

No es extraño que el film empieza con un exagerado número musical, casi una declaración de intenciones de sus creadores. ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’ tuvo que ser reescrita continuamente durante su rodaje debido a una severa lesión de espalda de Harrison Ford, hecha durante el rodaje de las secuencias montando a un elefante en la India. Eso se nota en el resultado final, carente de diálogos y de cierto misticismo, pero señores: menudo espectáculo.

En Notas de Cine: Crítica ‘Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal’

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