Los Hermanos Coen y Carter Burwell, universos paralelos

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Pasea recia pero con una disimulada confusión Hailee Steinfeld buscando venganza y a un Jeff Bridges borracho que le ayude a llevar a cabo su cometido. Gabriel Byrne, verdugo de la mafia, se interna en el bosque con su víctima, ésta mira al cielo y sólo halla consuelo en las ramas de los árboles que cubren los pocos resquicios grisáceos que el futuro parece le va a permitir ver. Un barbero, fumador empedernido, planea un chantaje mientras el blanco y negro de la pantalla permite ver el humo que se agolpa alrededor de su cara. En una tormenta de nieve, que viste un paraje gélido y desolador, una única carretera, alumbrada por dos faros de coche que avanzan lentamente, lleva a un pueblo llamado Fargo donde un secuestro y varios crímenes romperán la repentina apacibilidad. ¿Cuál es el denominador común de todas estas escenas generosamente donadas al cine por los Hermanos Coen? La música de su compositor de confianza, el que se ha encargado del score de todas sus películas: Carter Burwell.

Para muestra, un botón. El tema se llama Fargo, North Dakota, e ilumina los primeros minutos de la película.


Carter Burwell no sentía una devoción especial por la música cuando era joven. Que nadie espere un virtuoso desde la infancia. Que nadie espere un Mozart componiendo obras magnas desde los tres años. Cierto es que sí que coqueteó con ciertos instrumentos en su niñez pero no fue hasta su etapa adolescente cuando el gusanillo de plasmar en pentagramas sus ideas afloró abruptamente. El cine llegó más tarde, entretanto, miles de clases con grandes maestros alimentaban el espíritu lírico de Burwell. Un lirismo, no obstante, estrechamente relacionado con la historia americana. Sin apartarse jamás de las raíces que articulan una idiosincrasia reflejo de decenas de años, el compositor neoyorquino se ha caracterizado por saber aportar una mirada tradicional pero innovadora, conciliadora pero a la vez climática en el anticlímax. Prueba de ello es este Blood Tails, que viste los créditos finales de ‘No es país para viejos’. Conviene apreciarlo en su justa medida, ya que el film apenas cuentas con efectivos (y efectos) sonoros que brindar a los oídos. Quizás para mantener esa atmósfera de angustia que invade la odisea de Josh Brolin, quizás para contagiar al espectador con una puesta en escena áspera y con pocas concesiones a la galería…


¿Dónde empezó entonces su relación con el cine? Él asegura que por casualidad. El destino le condujo allí. Tras satisfacer sus inquietudes musicales probó suerte en variopintas disciplinas como, por ejemplo, la dirección de cortos de animación. Su futuro no estaba ahí. De repente, un hombre se postula como clave y llave de su peregrinaje cinematográfico: Skip Lievsay. El famoso editor de sonido quedó prendado de la forma que tenía Burwell de concebir música. Su riesgo y su pericia se pusieron al servicio del debut de los Hermanos Coen tras las cámaras: ‘Sangre Fácil’. Si por algo se caracterizaría su aportación a tan propicio parto en el mundo del séptimo arte sería por su obstinada osadía. El artista construye piezas experimentales a base de golpes de piano y orquestas de viento. Otra caza que narrar, esta vez, la de un mítico M. Emmet Walsh a una adúltera pareja donde Frances McDormand padecía y sufría como nunca lo ha vuelto a hacer. Así afrontó Burwell su reto. La toma de contacto sobrevivió a un choque creativo que nunca fue tal. Quizás nadie esperaba un resultado tan peculiar en un primer desafío. Los Coen probablemente tampoco, pero felizmente cayeron en la cuenta de que acababan de sembrar una relación que ha sobrepasado la definición de fructífera. Burwell, por su parte, guarda está banda sonora con cariño, sin precipitarse a la hora de calificarla como su favorita. “Seguramente gracias a esa maravillosa ignorancia que tenía a la hora de insertar música en una película. Ni siquiera pensaba en sincronizarla con el diálogo o las escenas. Eso lo hizo tan especial”

Los métodos de Carter Burwell han ido cambiando. Ha adquirido cierta disciplina y costumbres que parece increíble que imperen en el modus operandi de un compositor rara avis. “Ya no compongo sin haber leído el guión y haber visto algún corte de la película”. Por el contrario, ha sabido sacrificarse cuando ha sido necesario. No en vano, muchos de los films de los Coen han tenido una presencia meramente testimonial en lo que a música original se refiere. Claros son los casos de ‘El Gran Lebowski’ o ‘Crueldad intolerable’. Una de las cintas que sí permitieron al neoyorquino explayarse de lo lindo fue ‘Muerte entre las flores’. A continuación, el tema que abre la película, los tintes abiertamente irlandeses y, de nuevo, la fuerza de los instrumentos de viento como la flauta o el oboe componen un puzzle tan intimista como sobrio.


Y así, navegando entre composiciones divertidas como las de ‘Ladykillers’, desesperanzadoras como ‘Barton Fink’ o desvergonzadas como las de ‘Un tipo serio’ hemos llegado al último punto y seguido de este idilio. ‘True Grit’ es un western al estilo Coen, ruedo perfecto para que Burwell se enfrente a su siguiente contienda. El resultado asombra de nuevo, la música vuelve a ensamblarse a la perfección entre galopes a caballo, vigilancias nocturnas y fuegos cruzados. The Wicked Flee es la piedra angular de esta aventura, su tema más reconocible y el que se identificará siempre con la película.


Lo complicado es hacerlo todo fácil. Esta analogía va paralela al cine de los propios Coen, quienes no tienen remilgos en manifestar que no les cuesta apenas esfuerzo fabricar sus historias. Esa puede que sea una de las esencias de esta hermandad que se prolonga en el tiempo con paso firme. “¿La parte más difícil de componer? Satisfacer a todo el mundo, productor, espectador, director…” La duda en su respuesta esconde cierto otorgamiento al gran público, a aquel oyente de perfil medio al que dilapida en muchas ocasiones con su scores, convirtiéndolos en menús de degustación para paladares ávidos de otra de sus alienaciones. Lo pasmoso llega cuando ni siquiera se muestra dubitativo al aclarar lo más sencillo a la hora de confeccionar la banda sonora. Tajante. Directo. De una evidencia casi insultante para él. “Escribirlas”.

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