Viernes, 6 de agosto de 2010
Splice: Mi mutante favorito

El cine de Vincenzo Natali es de aquellos que no dejan pasar la luz, de los que se pierden en la oscuridad de la incertidumbre y de la frágil condición humana. En Splice, Ginger Rogers y Fred Astaire son dos informes creaciones genéticas que no bailan armoniosamente entre sí, sino que se masacran hasta reducirse simplemente a vísceras. Son estos detalles crueles los que dotan de interés a la función, emborronada por ciertas digresiones en el tono, así como por aquellos fragmentos en los que transita los terrenos más convencionales del cine de terror.
Con la intensa corporalidad de Cronenberg en mente, pero sin sus brillantes soluciones visuales, Natali lleva su historia hacia dos temáticas diferentes. La primera es la crítica empresarial en su vertiente científica. El problema del film es que lo que nos cuenta ya nos lo sabemos: que las corporaciones no se fijan en los medios sino en los fines, y que ante la posibilidad de un impulso económico no se frenarán ante nada. Al menos, la penumbra de la secuencia final logra aportar cierta inquietud a una denuncia que a base de repetirse se ha vuelto inofensiva.
Mucho más conseguido está el otro punto sobre el que pivota el guión: la asimilación de las teorías freudianas al crecimiento de la mutante Dren. En un principio, su afecto va dirigido hacia su madre-creadora, para desplazarse posteriormente hacia el padre, convirtiéndose la progenitora en enemiga natural. Esta inflexión alcanza su cénit en el momento en que esa pasión se ve consumada en una secuencia en la que padre e hija-creación mantienen unas placenteras relaciones sexuales. Entonces, muchos pensarán que están contemplando un film ridículo, olvidando que lo que hacen en realidad es rechazar una visión turbadora y valiente, de las que pocas veces se ven.
En Notas de Cine | Crítica: Splice | Tráiler: Splice |

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