Martes, 17 de febrero de 2009
El señor de la guerra, crítica

¿Qué haces cuando las reservas de armas más importantes del mundo se encuentran en EEUU, Reino Unido, Rusia, Francia y China, que son a su vez los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU? Bajo esa pregunta se esconden demasiadas muertes, asesinatos, robos y secuestros financiados, de manera ilícita, inmoral, indirecta pero parece ser que legal, por nuestros gobiernos, esos mismos que defienden la causa democrática de paz y solidaridad por el mundo. Es así como Andrew Niccol nos lo cuenta en El Señor de la Guerra (Lord of War, 2005) junto a Nicolas Cage, Jared Leto (también conocido por liderar un grupo de rock alternativo en Estados Unidos), Ethan Hawke y la guapa y elegante Bridget Moynahan.
Crítica acérrima al multimillonario negocio de las armas y de cómo éstas se convierten en instrumento de cambio entre malhechores y traficantes, entre padres de familia y gobernantes o entre militares y presidentes de gobierno. Tal y como le dice Cage al policía Hawke en la cinta: “me quieren juzgar a mí cuando es tú querido presidente de los Estados Unidos el que vende más armas en un día que yo en un año”. Frase que se refuerza cuando al final de la cinta el traficante de armas o “señor de la guerra” queda liberado de la cadena o cadenas perpetuas a las que se enfrenta, con un simple “déjenle libre” de un alto cargo del gobierno americano. “Nos necesitan”, contesta Cage. Qué triste, digo yo.
Dejando a un lado la moraleja de la cinta, que es mucha y muy buena, Niccol nos sorprende, después de filmes como Gattaca (1997) o Simone (2002), con una maravilla a nivel técnico y visual. Los desplazamientos y travelling de cámara son maravilloso,s y es que parece ya algo rutinario que cinta en la que trabaja Nicolas Cage, cinta que no suele fallar en esto. Pero vayamos al grano, ver El señor de la guerra es disfrutar de imágenes imposibles de conocer si no es a través de la gran pantalla, pero a la vez tan reales como bajar a comprar el pan a la panadería de tu barrio. La guerra es real, pero Niccol va más allá para mostrarnos cómo es la vida de un traficante de armas.

El guión goza de muchas frases hechas pero no por ello deja de ser inteligente. Los diálogos muestran la dureza de la guerra en zonas como Sierra Leona, donde enfermedades como el SIDA y el hambre azotan a sus habitantes, y cómo hay una barrera informativa que no permite que esto se sepa en el primer mundo. Ni esto, ni muchas otras cosas.

Te puede gustar más o menos Nicolas Cage, enfadarte por ser el sobrinísmo de Francis Ford Coppola, pero su talento, quizás demasiado forzado en algunos momentos, es innegable. Incluso el papel de Bridget Moynahan como mujer de Cage, qué en principio le viene al pelo (mujer artista, bellísima modelo, actriz frustrada) destaca dramáticamente cuando se percata de cómo se gana la vida su marido tomando una decisión que para nada es pasiva sino todo lo contrario a la par que real. Leto, sin embargo, destacará por su papel como cocainómano perdido de la vida pero, sobre todo, por ser demasiado humano en un negocio que no permite que te corra sangre por las venas. Paradoja esta última por tratarse, el tráfico de armas, de un negocio cuya principal función es el derramamiento de sangre, eso sí, ajena.

Existen pocas películas como El señor de la guerra, que combinen a la perfección talento, acción y un tema tan real como la pobreza, el hambre y los desastres en el tercer mundo, además del tráfico de armas. El film tampoco deja de lado el otro extremo de la balanza, cómo nuestros gobernantes hacen oidos sordos ante un negocio que no sólo les propociona jugosas cantidades de dinero, sino que además les perpetúa en el poder. Porque tal y como se dice en un momento de la cinta, “aquí valen más las balas que los votos”.

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