Jueves, 18 de febrero de 2010
Crítica: El solista

Título original: El Solista
Título original: The Soloist
Director: Joe Wright
Duración: 117 minutos
Fecha de estreno: 19 de febrero
Intérpretes: Jamie Foxx, Robert Downey Jr., Catherine Keener, Tom Hollander
Tráiler y póster de El solista
Tráiler: The Soloist
¿Debo ir a verla? 



Drama basado en hechos reales que toca demasiados palos sin profundizar en ninguno.
El director Joe Wright consiguió el apoyo de cierto sector de la crítica más conservadora con ‘ Orgullo y prejucio’, adaptación de la obra homónima de Jane Austen, y ‘Expiación’, versión para la gran pantalla de la magnífica novela de Ian McEwan. Ambas hacían gala de una espléndida dirección de actores, una ambientación minuciosa y cierto desparpajo a la de dotar de fluidez todo el conjunto. Quizá la principal novedad respecto a las siempre pulcras películas de época británicas era un cierto tono más moderno en la narración que iba mucho más allá del estilo BBC de muchos largometrajes ingleses ambientados en tiempos pretéritos. El solista, el desembarco de Wright en tierras americanas, se salda con un intento fallido de emular, desde el amparo de un estudio como Dreamworks, las formas e historias propias de cierto cine independiente norteamericano cercano al mainstream.
Como muchas cintas que pretenden triunfar en Sundance y otros presuntos templos del universo alternativo más domesticado, la película aborda una historia íntima de profundo aliento humano y con algún apunte de crítica social: la amistad entre dos personas que en cierta medida son dos perdedores en el juego de la vida. Steve López, personaje que interpreta un inesperadamente sobrio Robert Downey Jr., es una periodista desencantado con su profesión y fracasado en el ámbito de su vida íntima, mientras que Nathaniel Anthony Ayers, papel encarnado por un algo histriónico Jamie Foxx, es un músico vagabundo que tuvo que dejar sus estudios en la prestigiosa escuela Julliard por problemas psiquiátricos. Ambos, pese a los problemas en su relación, conseguirán convertirse en amigos íntimos. A la vez, los dos conseguirán sus objetivos: el periodista logrará escribir la historia más importante de su carrera y el músico terminará llevando una vida más digna que antes de conocer al plumilla que se encargó de escribir su terrible historia.
Contada de esta manera, el largometraje tiene todos los elementos para convertirse en una conmovedora cinta sobre la amistad. Sin embargo, el guión de Susannah Grant, que se basa en hechos reales, se empeña en introducir de manera nada adecuada flashbacks sobre el terrible pasado del músico, apuntes sobre el comatoso estado de la prensa escrita o esbozos de la tensa relación del personaje con su mujer, una periodista compañera de trabajo. A todo ello hay que añadir una crítica a la terrible situación de aquellos sintecho que sufren enfermedades mentales en la ciudad de Los Ángeles. Ninguno de estos elementos secundarios termina de encajar con el argumento principal y acaban siendo poco más que pegotes dentro de una película que debería haber desarrollado más la relación entre los dos principales protagonistas.
Por si fuera poco, Joe Wright, en un alarde quizá de autoría, cae en algún momento en la cursilería más sonrojante al recurrir a imágenes presuntamente poéticas para expresar los sentimientos que provoca la música en la mente del vagabundo perturbado. Las palomas que surgen de la autopista para alzarse al cielo en el momento en el que Ayers interpreta un tema con su instrumento de cuerda o el desmadre luminoso que presenciamos durante unos ensayos de orquesta a los que acuden los dos protagonistas son sólo un par de ejemplos de una película que pretende ser profunda y se queda simplemente en pretenciosa.

Comentarios
18 de febrero de 2010 - 8:35 pm
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