Miércoles, 6 de enero de 2010
Crítica: Un, dos, tres, al escondite inglés

Uno, dos, tres, al escondite inglés fue dirigida por Iván Zulueta, artista fallecido la semana pasada en San Sebastián (su localidad natal), tras haber dejado como legado varios cortos, un mediometraje para televisión (‘Párpados’), multitud de carteles para discos y películas españolas, y dos largometrajes poco convencionales con una fuerte carga experimental: Arrebato (su trabajo más conocido) y el film que nos ocupa. Mientras que gran parte de las reseñas tras su fallecimiento se han hecho especial eco de ‘Arrebato’, un servidor ha preferido dedicarle un artículo al que fuera su primer film que, como casi toda la obra audiovisual del donostiarra, resultó toda una rareza para la época en que se estrenó (1969).
Un, dos, tres, al escondite inglés es un film surgido al calor de la ola pop y psicodélica de los años 60, de la que forman parte las películas británicas de Richard Lester (con y sin los Beatles), o el primer trabajo como director de Nicolas Roeg, ‘Performance’, codirigido junto a Donald Cammell. La premisa del film, por su parte, no podría ser más atrayente: un grupo de modernillos, dueños de una tienda de discos, se embarcan en la misión de boicotear la participación española en el festival de la canción de Mundocanal (parodia de ya os podéis imaginar qué certamen). Para ello, tratarán de evitar por cualquier medio que cualquier grupo de pop español de la época interprete la canción seleccionada para el concurso.
Como podréis adivinar, el film es toda una alocada sátira sobre la música ‘prefabricada’ que suelen vender las grandes discográficas. Al mismo tiempo, la película también es una muestra musical con actuaciones de grupos pop españoles del momento, que van desde los muy conocidos Fórmula V hasta otros (la gran mayoría en realidad) perdidos en el olvido como unos tales The End. Cabe destacar que muchos de estos grupos cantaban sus letras en inglés, característica que hoy día nos puede parecer asquerosamente ‘cool’, pero que hay que entender en el contexto de la cultura española de los años 60, aún bastante cerrada en sí misma, y en la que el rock y el pop anglosajón eran una cosa extraña y ruidosa que en general solo gustaba a un segmento muy minoritario y específico de la juventud española. Entonces, cantar en inglés no era únicamente ‘seguir la moda’, sino quizá también lanzar un grito de libertad contra el aislamiento cultural en que vivía España bajo el régimen franquista.
Sin embargo, a pesar de tanta modernidad estética y musical, el film tiene espacio para un pequeño cameo/homenaje por parte de Ismael Peña, investigador e intérprete de la música tradicional española (es decir, la que se tocaba y cantaba en los pueblos con todo tipo de instrumentos ‘pobres’ y utensilios domésticos), al que quizá los más viejos del lugar recuerden como presentador de ‘La banda del mirlitón’, aquel programa de TVE donde aparecía gente de todas las regiones españolas cantando y tocando su música más ancestral. Y es que la modernidad bien entendida no tiene por qué estar reñida con conocer y apreciar lo bueno de nuestra propia herencia cultural.
Por otro lado, resulta francamente fascinante comprobar la imaginación y dominio visual cinematográfico que tenía el difunto Zulueta, filmando con todo tipo de objetivos y desde cualquier ángulo posible para conseguir el máximo atractivo visual posible, más que nada para compensar el nulo contenido argumental del film. Por supuesto, todo el aspecto visual del film, desde los decorados hasta los títulos de crédito, llevan el inconfundible estilo del donostiarra, especialmente esa característica tipografía a base de círculos y semicírculos. Pero es que además, Zulueta contó aquí con la colaboración de una de las grandes leyendas de la fotografía cinematográfica española, el malogrado Luis Cuadrado, autor de la fotografía de ‘El espíritu de la colmena’, ‘El jardín de las delicias’ o ‘Ana y los lobos’. Cuadrado consigue sacar unas texturas fascinantes pero al mismo tiempo poco artificiales de un Madrid gris e invernal, reflejo del momento cultural y social que vivía aquella España, en la que los melenudos ‘yeyés’ de la época parecen marcianos enmedio de los ‘mediocres’ españolitos de a pie que poblaban entonces la Gran Vía y otros insignes lugares de la capital.
Quizá la principal pega que podemos poner a la película es que la música que hacían aquellos grupos en 1969 poco tenía ya que ver con los incipientes estilos que se estaban desarrollando en el mercado anglosajón, que tiraban por un lado hacia el rock más guitarrero (es decir, la música de los Led Zeppelin o Deep Purple), o bien hacia lo que se daría en llamar ‘rock progresivo’, con Pink Floyd, Yes, King Crimson o Genesis como principales abanderados. Es decir, la película se ve un poco antigua con respecto a la época en que se rodó, ya que su estética y música pegaban más en 1965 o 66 que en el 69.
Pero aún así, Un, dos, tres, al escondite inglés queda como un impagable documento de una generación de artistas (entre músicos, cineastas y periodistas) que trataron de escapar de las restricciones culturales y sociales en las que el régimen franquista les tenía encorsetados.
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