Miércoles, 16 de diciembre de 2009
Navidades 2009, Navidad sin Navidad (3): El Apartamento

En esta tercera entrega de esta serie titulada Navidades 2009: Navidad sin Navidad, que estamos dedicando a conocidos filmes ambientados en Navidad con escaso espíritu navideño, vamos a repasar una de las las mejores películas de la historia del cine, El apartamento, quizá la obra cumbre (aunque pienso que no es la única que tiene, y desde luego no mi favorita) del gran, grande, grandísimo Billy Wilder.
Cinco décadas antes de que la película ‘Pagafantas‘ popularizase el nombre y concepto (de cara al gran público) de cierto tipo de comportamiento predominantemente masculino, ya se había rodado la película definitiva sobre este tipo de personas. A partir de un impresionante guión original del propio Wilder y su inseparable colaborador I.A.L. Diamond, el austríaco construye uno de las más sentidos y entrañables (pero no por ello menos ácidos) retratos del ‘pringao’ que consiente en que todos se aprovechen de él, jefes y mujeres, con la esperanza de que eso le permita progresar laboral o sentimentalmente.
Resulta extremadamente atípico que, en pleno año 60, cuando las grandes producciones hollywoodienses aún hacían peplums y films históricos ensalzando personajes de integridad ejemplar e historias ‘más grandes que la vida’, Wilder pretenda hacernos sentir identificados con un personaje que, en el fondo, no es más que un ‘trepa’ bastante torpe debido a su incapacidad real para ser mala persona. Sin embargo, el talento del viejo Billy siempre fue infinito, y su antihéroe C. C. Baxter rebosa de una genuina ternura, gracias a una magistral interpretación de un Jack Lemmon que llegó más lejos que nadie a la hora de interpretar al hombre mediocre de la calle.
Al mismo tiempo, la ambientación navideña sirve para potenciar el drama de este hombre tristemente solitario en contra de su voluntad. De nuevo, asistimos a un retrato de la Navidad como un mero juego de apariencias e hipocresías, tras el cual se esconden historias terribles de soledad, rozando la marginalidad. El protagonista, mientras el resto del mundo vive su representación de presunta felicidad y fraternidad, representada en esas omnipresentes y casi sórdidas fiestas navideñas (ambientadas tanto en el lugar de trabajo como en los bares), vive una vida básicamente asocial y falta de esperanza, mientras tiene que contemplar cómo personas a mucho peores que él no les falta ni el cariño incondicional ni la compañía de sus mujeres o amantes.
Es llamativo que la única persona que parece preocuparse por el personaje de Lemmon durante rodo el relato sea un vecino médico, presumiblemente judío de origen askenazi (al igual que los propios Wilder y Diamond), a quien, como es natural, la Navidad se la sopla completamente. Será este médico, claro representante de la ética y racionalidad en plena vorágine de celebraciones y borracheras sin fin, el único personaje que le ofrecerá ayuda desinteresada cuando, involuntariamente, se meta en un buen lío con la amante de su jefe (una bellísima Shirley MacLaine), de la que Baxter se encuentra perdidamente enamorado (sin ser correspondido). Curiosamente, esta chica se encuentra en una situación de soledad parecida a la del protagonista, y al igual que él, se siente abandonada y fuera de lugar en todas las fiestas navideñas en las que hace acto de presencia.
El esperanzador, y sin embargo ambiguo final de El apartamento contribuye a clausurar la cinta de manera perfecta y coherente con el tono agridulce que se encuentra presente durante todo el metraje. Buena parte del mérito es gracias también a una estupenda fotografía en blanco y negro y formato panorámico, que aprovecha el espacio como pocas películas para representar el vacío sentimental de los protagonistas, y la enajenación que sufren con respecto al mundo en que viven y trabajan. En este blanco y negro, la parafernalia visual navideña se vuelve más opresiva y patética que nunca, consiguiendo que las luces se asemejen a verdaderas sombras amenazantes que acechan el alma de personas que no tienen la fortuna de sentirse queridas.
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Comentarios
16 de diciembre de 2009 - 3:28 pm
Grande, muy grande película. Es curioso que este filme, tan inteligente, se pudiera ver en cualquier sala convencional allá por los primeros sesenta. En estos tiempos lo hubieran marginado a una simple sala de V.O. ¡Viva Billy Wilder y los clásicos de Hollywood! ¡Viva la inteligencia sin pedantería!
26 de diciembre de 2009 - 6:55 pm
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