Notas de Cine

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Domingo, 6 de diciembre de 2009

Crítica: Piratas del Caribe. En el fin del mundo

Piratas del Caribe: En el fin del mundo

Título:Piratas del caribe: en el fin del mundo
Título original: Pirates of the Caribbean: at world’s end
Dir: Gore Verbinski
Género: aventuras
Duración: 170 minutos
Int: Johnny Depp, Orlando Bloom, Keira Knightley, Geoffrey Rush, Chow Yun-Fat
Piratas del Caribe 4 se estrenará en 2011
Piratas del Caribe: en costas extrañas
Johnny Depp podría decir no a Piratas del Caribe
Saquean el barco en el que se rodó Piratas del Caribe
¿Debo ir a verla? ★★☆☆☆ Qué artificial se ha vuelto el cine de aventuras. Pero destaca por algunos factores técnicos y artísticos que superan la excelencia

Repitan conmigo: el desorden argumental no hace más que llevar al desinterés, el desorden argumental no hace más que llevar al desinterés, el desorden argumental no hace más que llevar al desinterés, el desorden argumental no hace más que llevar al desinterés…

En la tercera de Piratas del Caribe encontramos los mismos defectos que en las anteriores entregas de Piratas del Caribe, sólo que magnificadas en la misma medida que su duración y su presupuesto. Y si el director Gore Verbinski y su productor Jerry Bruckheimer consiguen  llevar el film a buen puerto, y sólo lo hacen relativamente, es por momentos y escenas que sí son capaces de generar un entusiasmo contenido.

La tercera parte –o segunda mitad de El cofre del hombre muerto, pues forman parte de una misma historia- comienza cuando Will Turner y Elisabeth Swann tratan de rescatar a Jack Sparrow del mundo de Davy Jones, suerte de cancerbero con cara de pulpo y oficio de pirata, tras ser engullido por el Kraken. Para ello, tendrán que poner en práctica una serie de alianzas y traiciones con otros piratas y entre ellos mismos que sería imposible enumerar, y que se trasladan a las tres horas de metraje del film, hasta llegar a descomunal, espléndida y consabida batalla final por el dominio de los mares.

De nuevo, nos encontramos con una duración excesiva e injustificada que en ocasiones provoca altibajos de ritmo que claman a la paciencia del espectador menos dispuesto, sólo que en esta ocasión, como ya se ha comentado, el director hace sus deberes, y pese a una falta de objetivos pasmosa en el guión (¿hacia donde va todo esto?, ¿son necesarias tantas vueltas para al final llegar donde llegamos?, ¿qué nos han querido decir realmente?), tanto la realización de secuencias concretas como ciertos aspectos técnicos y artísticos pueden justificar la existencia de Piratas del Caribe. En el fin del mundo.

Cada personaje tiene su propia motivación, y la telaraña de alianzas y traiciones, combinado con el humor y el slapstick (ese mono inmortal protagonista de algunos de los mejores momentos de la cinta, o la ya consabida actuación pasada de rosca de Depp entonando el “yo soy Jack Sparrow”), hacen que, qué diablos, al final la historia enganche a pesar de todo, para llegar a unos minutos finales que sorprendieron al autor de esta crítica.

Elementos como el desenlace de la historia de amor –objeto de mi completo desinterés a lo largo de las tres películas- sube de nivel inesperadamente, gracias al sentido poético y valentía de un giro final sorprendente en una película Disney. Otros elementos como la esperada redención –nunca producida- de Davy Jones, el reencuentro de Elisabeth con su padre en el mundo de los muertos –momento de extraordinaria afectación, reforzado por la presencia de Jonathan Pryce-, o de una partitura que hace que uno se reconcilie durante una buena temporada con Hans Zimmer, redondean una ración de cine más notable de lo que muchos querrán ver.

Pero no nos engañemos. Piratas del Caribe: en el fin del mundo es una película hecha de momentos, no con una historia o un objetivo. Sólo instantes como el de Jack Sparrow y toda su tripulación tratando de dar la vuelta al barco (atención a la partitura de Zimmer en ese instante), el casamiento en medio de la batalla final (momento ridículo salvado por la coreografía y estupenda realización del talentoso Verbinski: atención al plano a cámara lenta), o la muerte ralentizada de Lord Beckett (en una memorable escena slow motion que hace ridículas las de Matrix) justifican la existencia de un producto que, repito, dura tres horas.

Lo que Piratas del Caribe: En el fin del mundo no hace más que confirmar es, pese a quien pese, la habilidad de un productor, Jerry Bruckheimer, que no pierde las riendas de la producción en ningún momento y la protege a toda costa. También constata, a pesar de los pesares,  el talento visual nunca bastante valorado de Gore Verbinski, director que lo mismo vale para un roto que para un descosido (ver las infravaloradísimas The Ring o El hombre del tiempo).

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