Viernes, 4 de diciembre de 2009
Crítica: Las dos vidas de Andrés Rabadán

Título: Las dos vidas de Andrés Rabadán
Director: Ventura Durall
Género: Drama
Fecha de estreno en España: 4 de diciembre
Duración: 84 minutos
Intérpretes: Álex Brendemühl, Clara Segura, Andrés Herrera, Mar Ulldemolins y Elena Fortuny.
Las dos vidas de Andrés Rabadán, traíler
¿Debo ir a verla? 



Fría versión de una historia real basada en la estancia en prisión de El asesino de la ballesta.
Álex Brendemühl se ha convertido en un actor de culto. Muchos piensan que en realidad no actúa, mientras que otros creemos que lleva la contención hasta el límite. Por otra parte, hay que agradecerle al actor catalán algo no muy común en estos cobardes tiempos que corren: su voluntad de riesgo. Los personajes y las películas en los que ha intervenido pueden tener más o menos calidad, pero nunca pecan de convencionales. Un ejemplo de sus extrañas elecciones son el psicópata de ‘Las horas del día’, el inmaduro treintañero de ‘Remake’, el extraño protagonista de ‘Yo’ o el bohemio de ‘En la ciudad’. Ninguna de estas interpretaciones es histriónica ni parece buscar el reconocimiento más obvio. En esa línea podemos calificar el trabajo de Brendemühl en Las dos vidas de Andrés Rabadán, donde da vida a ‘El asesino de la ballesta’.
A diferencia de su estupenda interpretación en ‘Las horas del día’, Brendemühl aborda un personaje bastante más entrañable y querible que el del magistral debut de Jaime Rosales. Aquí nos encontramos con un terrible asesino que paulatinamente parece encontrar una luz dentro de las sombras que pueblan su cabeza. Durante su estancia en un psiquiátrico penitenciario, Rabadán conocerá el amor, gracias a su relación con una trabajadora del lugar, y atisbará un futuro más o menos normal. Sin melodramas excesivos, Brendemühl consigue reflejar el tormento interior del personaje sin gestualidades rimbombantes y desparrames varios. En muchas ocasiones utiliza simplemente una penetrante mirada, convirtiéndose en casi seguidor de uno de los grandes actores minusvalorados del séptimo arte: el grandioso Robert Mitchum.
Dejando a un lado la labor del protagonista de ‘Yo’, el trabajo de Ventura Durall resulta correcto, aunque quizá demasiado frío e impersonal. Esta historia de redención exigía algo más de pasión y personalidad para ser realmente emocionante. No se entiende que Durall haya dirigido un filme tan aséptico después de realizar ‘El perdón’, un estupendo documental que también tenía como protagonista a Andrés Rabadán, aunque en esta ocasión habláramos del verdadero asesino de la ballesta.

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