Crítica: Celda 211

Celda 211, crítica

Título: Celda 211
Director: Daniel Monzón
Género: thriller, drama
Duración: 110 minutos
Intérpretes: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Carlos Bardem, Marta Etura
Celda 211, reformulando el thriller carcelario
Celda 211, trailer final
Celda 211, teaser tráiler
¿Debo ir a verla? ★★½☆☆ Película muy interesante que se va al garete durante su segunda mitad, debido a que sus ambiciones le quedan demasiado grandes

Celda 211 es la nueva película del director, guionista y antiguo crítico de cine Daniel Monzón, autor entre otras de ‘La sombra del guerrero’ y ‘ La caja Kovac’. La película podría adscribirse dentro del subgénero carcelario (con tintes del cine ‘quinqui’ español de los 70 y 80), pero como era de esperar en un film patrio, las ambiciones de sus autores pronto empiezan a sobrepasar los límites del género, y acaban por convertir el film en un drama con pretendidos tintes sociales y políticos. La cuestión es ¿habrá conseguido Daniel Monzón el necesario equilibrio entre entretenimiento, ‘acción’ y denuncia para no caer en ridículo con un film con tantas pretensiones como este? Por lo que a mí respecta, seguid leyendo …

El argumento es el siguiente: Juan (Alberto Ammann, en su debut en la gran pantalla) es un joven funcionario de prisiones que, el día anterior a su primera jornada de trabajo,  hace una visita a la cárcel de Zamora donde ha sido destinado. Allí, sus futuros compañeros le van enseñando los distintos módulos que componen la prisión, y le van poniendo un poco en situación sobre las rutinas de trabajo. Sin embargo, lo que iba a ser una sencilla toma de contacto con el lugar, se convertirá en una angustiosa experiencia para Juan, ya que repentinamente estalla un motín dentro de la cárcel, liderado por el carismático delincuente Mala Madre (Luis Tosar), haciendo que Juan quede accidentalmente atrapado junto a los presos amotinados. Rodeado de toda una jauría de criminales que podrían lincharle en caso de saber su identidad y oficio, Juan tendrá que ingeniárselas para sobrevivir al motín.

Bien, hasta aquí se nos presenta una premisa ciertamente interesante y original para una cinta española. El guión escrito por el propio director y Jorge Guerricaechevarría consigue durante su primera mitad ir desgranando pequeños giros de acción y subtramas que logran crear cierto suspense e interés en el espectador. Especialmente reseñable es la subtrama que involucra a unos presos etarras, los cuales quedan atrapados también en el módulo donde se desarrolla el motín. Asimismo, también encontramos presos de otras nacionalidades (por ejemplo, el narcotraficante/sicario colombiano iterpretado por un efectivo Carlos Bardem), que además de dar interés y variedad a la trama, ofrecen un halo de verosimilitud. Por otro lado, los guionistas y actores se han preocupado de dotar a la película de un cierto sentido del humor que consigue, en ocasiones, dar un respiro al espectador enmedio de tanta tensión.

Aún así, durante esta primera parte también van apareciendo algunos tópicos del cine carcelario y de secuestros, como el guardia violento (un Antonio Resines poco creíble), el delegado del Ministerio del Interior que negocia con los presos (interpretado por Manuel Morón, actor de viscosidad pelín insoportable, y además algo incompetente, al menos para quien escribe estas líneas), o la mujer embarazada del protagonista (Marta Etura, tan tremenda como siempre). Por supuesto, no faltan los habituales medios de comunicación plastas, que van sistemáticamente entorpeciendo todas las estrategias de los responsables de la cárcel por resolver la situación.

Pero es que, desgraciadamente, en la segunda parte del film empiezan a sucederse los absurdos e inexplicables giros de guión. Asimismo, las subtramas que supuestamente iban a dar juego se olvidan, y se omiten ciertas explicaciones necesarias para la comprensión de los acontecimientos. No digo que tengan que dar las cosas mascaditas, pero es un fallo descomunal de guión y dirección que uno salga preguntándose tantas cosas (para mal) de una película. Básicamente, toda la frágil credibilidad que se ha conseguido mantener durante la primera mitad se hunde totalmente durante la segunda.

En cuanto a los actores, los únicos que salen verdaderamente airosos de este Titanic carcelario son el ya mencionado Carlos Bardem, y muy especialmente Luis Tosar. Este último logra componer un personaje por el que el espectador llega a sentir respeto y simpatía, a pesar de que su interpretación está continuamente al borde de lo excesivamente forzado, o directamente sobreactuado. Cosa que al lucense le debe de resultar difícil evitar, debido a su especial físico (en EEUU, Tosar sería un actor ‘de carácter’, sin más).

El protagonista, el argentino (aunque medio criado en España) Alberto Ammann, por su parte sufre del síndrome Sbaraglia: aunque habla en castellano ibérico, tiene un troll de la Patagonia en su boca deseando salir en todo momento, con lo que su dicción, y por tanto, su interpretación, resultan tan artificiales que el espectador no logra empatizar con este sujeto.  Lástima, porque el chaval no es malo, pero en su primera vez le ha tocado un papel muy difícil, donde tiene que jugar en todo momento con cierta ambigüedad y ambivalencia que no consigue transmitir.

Por otro lado, los secundarios tampoco están muy finos. Los jinchos del módulo tampoco resultan creíbles, a pesar de que muchos son probablemente reclusos auténticos. Pero en más de una escena “de masas”, se puede ver a algún extra riéndose, como si estuviese en el autobús de excursión con los coleguitas. Eloy de la Iglesia tuvo mejor mano para estas cosas cuando rodó ‘El pico II’.

En mi opinión, buena parte de la culpa la tiene la torpe dirección de Daniel Monzón y una aproximación visual poco contundente para un drama de estas características. Los planos pecan de exceso de estatismo en muchos casos, limitando la fisicidad que deberían de tener las imágenes. En estos tiempos, un argumento como el de Celda 211 pedía a gritos un acercamiento a lo Paul Greengrass, con la cámara en mano captando la inmediatez del momento. En cambio, Monzón rueda como si estuviese rodando ‘Encerrado’ de Stallone o alguna similar, pero sin gracia. La fotografía es deliberadamente feísta, seca y gris, adaptándose adecuadamente al tipo de ambiente que retrata. Pero sin un trabajo de cámara adecuado, de poco le sirve en el resultado final. Por cierto, el film está rodado con la cámara digital Red One, con lo cual el efecto ‘motion blur’ (ese extraño halo que se crea alrededor de un personaje que se mueve rápidamente, los que tengan una cámara HDV sabrán muy bien de lo que hablo) campa a sus anchas.

El trabajo de sonorización es magnífico, los efectos de sonido crean de vez en cuando efectivos golpes de efecto (valga la redundancia), y en general todo el trabajo de ambientación sonora y grabación de diálogos en directo no tiene pega alguna. Da gusto escuchar una película española donde el sonido 5.1 esté tan bien aprovechado como aquí.

En definitiva, Celda 211 es una película muy interesante que se va al garete durante su segunda mitad debido a que sus ambiciones les quedan demasiado grandes a sus autores. Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría no saben qué rayos hacer con todas las tramas (íntimas, políticas y sociales) que manejan, y la ideología que pretenden insuflar al film está más cerca del rollo progreguay de la vida de un universitario Erasmus, que de un estudio serio de las circunstancias en que viven los personajes. Y si a eso le añadimos un, en general, mediocre trabajo interpretativo (con la salvedad de Luis Tosar y poco más) y un insípido acercamiento visual, en conjunto queda un producto enteramente insatisfactorio para una historia que prometía.

En fín, otra vez será …