Sábado, 26 de septiembre de 2009
Crítica: Let’s Get Lost

Título: Let’s Get Lost
Director: Bruce Weber
Duración: 119 minutos
Fecha de estreno en España: 18 de septiembre
Género: Documental
Intérpretes: Chet Baker, Carol Baker, Vera Baker, Dick Bock, William Claxton
Let’s Get Lost, tráiler y póster español
¿Debo ir a verla? 



Interesantísimo, aunque algo reiterativo documental sobre un artista que pasará a la historia como el mejor intérprete de la soberbia ‘My Funny Valentine’.
La atracción por el abismo. Ésa es la expresión que podría explicar la fascinación que muchos sentimos por aquellos artistas que, a pesar de tener éxito en su carrera, terminaron embarrancando en su vida personal. El trío drogas, sexo y alcohol suele ser la causa de la caída de estos ídolos cuya existencia, pese a la adoración de los fans, no fue fácil. Antes de que Jim Morrison, Jimi Hendrix o Janis Joplin formaran parte del santuario rock, otros artistas vinculados al jazz como Billie Holiday y Charlie Parker habían demostrado que la mala vida pasa sus facturas demasiado pronto. Chet Baker, famoso trompetista y elegante cantante, no murió demasiado joven y no dejó un precisamente bonito cadaver, pero sí fue una demostración de una vida salvaje que parecía inspirarse en la generación beat, aquella panda de locos maravillosos que fueron el más claro antecedente de la contracultura de los sesenta.
Baker fue un enfant terrible del jazz de los cincuenta. Su cara aniñada, su voz susurrante y un estilo sumamente elegante de tocar la trompeta le convirtieron en un ídolo de fans. Su forma de cantar, melancólica y triste, hizo que muchos se derritieran ante su música. Algo que, como nos enseña este documental, le funcionó en el territorio sentimental. El músico norteamericano era un verdadero especialista a la hora de provocar la compasión del género femenino, que llegó a perdonarle muchas de sus infidelidades y excesos para seguir al lado de tan carismático personaje. No, definitivamente, Baker no fue ningún santo, algo que Let’s Get Lost se encarga de mostrarnos en un glorioso y evocador blanco y negro.
El artista fue un personaje egoista y autodestructivo que siempre pareció impulsado a vivir una eterna adolescencia. A través de las imágenes del músico en los meses previos a su muerte, observamos a un hombre perdido en su propia nube narcótica que parece una caricatura aviejada de aquel chaval con tupé que causó el furor de las jóvenes en los años cincuenta.
No obstante, Bruce Weber, director de la película, no hace leña del árbol caído, pese a las declaraciones de unas ex parejas que demuestran que estar con el músico era una continua montaña rusa,donde en numerosas ocasiones se bajaba hasta el verdadero infierno. Weber intenta desvelarnos las razones que hacían que Baker se comportara tal y como la hizo, aunque, como le ocurrió a sus parejas, nunca termine de desentrañar la verdadera personalidad del artista. Quizá ni el mismo Baker supiera las razones que le impulsaron a llevar una existenciasin rumbo.
El realizador norteamericano desdeña en cierta manera la típica narración lineal de las glorias y miserias de un artista mítico para mostrarnos un retrato impresionista hecho de declaraciones de personas que le conocieron, miradas del propio músico en sus últimos tiempos, y fotos y filmaciones del artista. No hay un ánimo de intentar ser divulgativo y sí mucho de mostrarnos el eterno viaje a la deriva de un hombre que, pese a las arrugas, nunca dejó de vivir en la eterna juventud. De hecho, como se nos aclara en el documental, la policía creyó en un primer momento que el cuerpo del artista, desfigurado después de caer de un hotel de Amsterdam, era de un hombre de 30 años. Es curioso que ésa sea la que muchos llaman la edad de la razón, una etapa en la vida para la que Baker no estuvo nunca preparado.

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