Domingo, 14 de Diciembre de 2008
Crítica: Vestida para matar

Aún recuerdo el comienzo de la película, tres intensos minutos de suspense mientras de fondo se escuchaba la banda sonora de Pino Donaggio. La cámara, lentamente, se va introduciendo en el cuarto de baño hasta toparse con una de las escenas más eróticas del cine, la de la actriz, ya entrada en años, Angie Dickinson disfrutando de una insólita masturbación en la ducha. ¿La cinta? Vestida para matar (Dressed to kill, 1980), ¿el director? Brian de Palma.
Admirador confeso del grandilocuente rey del suspense, Alfred Hitchcock, demuestra en esta película cómo se hace un thriller. La cinta mezcla temas como la masturbación, la infidelidad, la transexualidad o la insatisfacción sexual; es precisamente este último hecho el que lleva a Kate Miller (Angie Dickinson) a ver a un psiquiatra, Robert Elliott (Michael Caine), quién, a su vez, se muestra preocupado por el estado mental de otro de sus pacientes, un transexual llamado Bobby que le presiona para que autorice su operación de cambio de sexo. El perturbado, vestido de mujer, perseguirá tanto a Miller como a una prostituta, Liz Blake (Nancy Allen) y al hijo de la primera, Peter Miller (Keith Gordon).
El film, con ese grano que caracteriza a las películas de los setenta y ochenta, hace hincapié en la fuerza que el feminismo estaba logrando en la sociedad utilizando para ello una sólida carga erótica (recuerden, por ejemplo, el desnudo de la prostituta para intentar seducir al personaje interpretado por un Michael Caine siempre orgulloso de su ética personal y profesional) durante los 105 minutos que dura la película.
Además, Vestida para matar nos regala algunos momentos brillantes como el encuentro en el ascensor entre Angie Dickinson y el asesino (ver video), la fuerte dosis de suspense entre Dickinson y el desconocido en el museo o cuando Nancy Allen es perseguida en el metro. Son, como digo, imágenes para la posteridad que cualquier cinéfilo debería conservar en sus retinas.
Gracias a esta película, Brian De Palma se consagró como director de cine, lo que le llevaría a crear más adelante títulos como Scarface, Corazones de Hierro, Los intocables de Eliot Ness, La hoguera de las vanidades o Misión Imposible, entre otras. Brian, no dejes de hacer cine, por favor.
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